Homicide: la gènesi de The Wire

The Wire és una sèrie que has de mirar sí o sí: això ho sap tothom. No són pocs els que afirmen que és la millor sèrie de televisió mai feta. No crec en aquest tipus d’absolutismes, però tampoc em molestaré en discutir la rotunditat d’aquesta sentència. Però què podem fer si ja hem consumit les 5 temporades i en volem més? Doncs com sempre passa en el món del cinema i la música, el millor en aquests casos és tirar enrere. En aquest sentit, llegir-se Homicidio: un año en las calles de la muerte (Homicide: A Year on the Killing Streets) és pràcticament una obligació.

L’autor del llibre és el periodista David Simon, artífex de The Wire i altres sèries com Treme i Generation Kill (en totes elles ha exercit de productor executiu i guionista). La cosa funciona així: Simon escriu Homicidio el 1991 i l’NBC en fa una sèrie de set temporades, Homicide: Life on the Street (1993-1999). El 1997 escriu, juntament amb Ed Burns, The Corner: A Year in the Life of an Inner-City Neighbourhood, que també té la seva versió televisiva amb la minisèrie de l’HBO The Corner (2000). The Wire (2002-2008) és la culminació de tot això, ja que els dos llibres que hem anomenat en són la llavor.

Un cop fet aquest mapa, tornem a Homicidio. David Simon el va escriure després de conviure tot un any amb els agents del departament d’homicidis de la policia de Baltimore. El llibre es dedica a descriure la feina policial d’uns professionals que sovint es troben sols davant la llei, encara que teòricament la llei hauria d’estar de part seva. Per dir-ho d’una manera il·lustrativa, Homicidio és la part policial de The Wire, la que transcorre dins la comissaria. Per tant, no hi trobareu històries de xavals que s’inicien en l’art de vendre droga a les cantonades, però sí policies amants incondicionals, romàntics, entusiastes d’una professió capaç d’absorbir per complet l’home més dur. Policies que si no fossin policies no sabrien com viure ni què fer a la vida.

Durant les 700 pàgines del llibre no paren de néixer casos. Alguns es resolen, d’altres queden arxivats eternament en una muntanya de carpetes pendents. Però qui és el culpable en cada cas no ens importa el més mínim. Vivim la desesperació per l’absència de testimonis oculars, l’entusiasme per haver trobat una pista encara que remota i probablement inútil davant d’un tribunal. Aquí no hi ha superhomes que resolen casos a partir d’una inspiració màgica i immediata. Hi ha policies que lluiten en un esglaó de la cadena especial, on la vocació és mitja vida.

Us deixo amb un parell de fragments que són una bona prova del que us trobareu a Homicidio, el primer pas cap a The Wire.

Fragment 1 (p. 183)

La noche en que Yolanda se somete al polígrafo, McLarney disfruta de una suerte de celebración privada cuando regresa al Kavanaugh’s, el bar de policías más concurrido de la ciudad, con predominancia de irlandeses. Está instalado al fondo del local. Se apoya contra la barra de madera, entrela máquina tragaperras y la caja de donaciones para el Centro de San Francisco. Es una noche floja, entre semana, y sólo hay un puñado de inspectores, unos pocos agentes del distrito Central y de la zona sur, y un par de tipos de las unidades tácticas. Corey Belt se pasa por ahí, pero sólo se queda un rato después de beber un par de refrescos. McLarney les pregunta en voz alta dónde ha ido a parar el orgulloso Distrito Oeste cuando sus mejores hombres ya ni siquiera beben cerveza. McAllister también ha venido y se queda, eructando hasta la borrachera, en el taburete al lado de McLarney. Esto confiere un carácter especial a la ocasión, porque Mac ya no suele salir tan a menudo, no desde que él y Sue se mudaron a una casa nueva, en la zona residencial norte del condado de Baltimore. Para desesperación de McLarney, su viejo compañero del distrito Central ha adoptado en los últimos años unas costumbres más sensatas y suburbanas.
Sin embargo, esta noche de febrero, el universo de McLarney se ha visto bendecido por una victoria rara y preciosa, y ahora que la hermanda policial vuelve a reafirmarse, en la mente de McLarney, la llegada de McAllister al Kavanaugh’s es un acto de desafortunado azar. El viejo y bueno Mac. Las calles de Baltimore han sido testigos de un milagro, y Mac, un peregrino honesto, habrá cruzado incontables y peligrosas leguas para rendir homenaje aquí y ahora, en el verdadero altar de los sheriffs celtas. McLarney se baja tambaleante del taburete para encajar su grueso brazo en el hombro de su antiguo compañero.
–          Mac –dice McLarney.
–          T.P.
–          Mac –repite McLarney.
–          Sí, T.P.
–          Mi compañero.
–          Tu compañero.
–          Mi leal compañero.
McAllister asiente, preguntándose cuánto tiempo puede durar el intercambio.
–          ¿Sabes que cuando trabajábamos juntos me enseñaste mucho?
–          ¿Ah, sí?
–          Sí, me enseñaste un montón de cosas.
–          ¿Cómo qué, T.P.?
–          Ya sabes, de todo.
–          Ah, vale –dice McAllister, riéndose. Nada resulta tan patéticamente divertido como un policía que trata de acercarse emocionalmente a otro. Las conversaciones se transforman en murmullos difusos. Los halagos se convierten en insultos. Las palabras que quieren ser de verdadero afecto se pervierten cómicamente.
–          De verdad, me enseñaste mucho –insiste McLarney-. Pero te respetaba por otra cosa.
–          ¿Por qué, Terry?
–          Por qué cuando llegó el momento de joderme, lo hiciste con mucha delicadeza –dice McLarney completamente serio.
–          Pues claro que sí –dice McAllister sin dudar un segundo.
–          Podrías haberme doblado encima del capó del coche y quedarte tan a gusto, pero fuiste muy delicado y paciente conmigo. Muy paciente.
–          Bueno, sabía que era tu primera vez –dice McAllister- y quería que fuera especial.
–          Y lo fue, Mac.
–          Me alegro.
La hermandad lo entiende, la tribu capta lo que no se ha dicho. Y cuando los dos inspectores finalmente estallan en carcajadas y dejan a un lado su pretendida seriedad, todo el bar se ríe con ellos. Luego se beben el último sorbo de sus latas y discuten brevemente sobre quién pagará la siguiente ronda, y cada uno saca su cartera y le dice al otro que se vaya con su dinero a otra parte.
Como debe ser entre viejos compañeros.

Fragment 2 (p. 248)

–          Sesenta y cuatro-treinta y uno.
Garvey escucha durante diez segundos el silencio y luego aprieta el micro una segunda vez:
–          Sesenta y cuatro-treina y uno.
Más estática. El detective subte el volumen de la radio del Cavalier y entonces se inclina para comprobar en qué canal está puesta. El canal 7, como debe ser.
–          Sesenta y cuatro-treinta y uno –dice de nuevo. Y, antes de soltar el botón, añade un mucho menos reglamentario-: Hola, yujuu… ¿Hay alguien en casa en el distrito Oeste¿ Holaaa…
Kincaid se ríe desde el asiento del pasajero.
–          Sesenta y cuatro-treinta y uno –repite el operador, dándose por enterado de la llamada del inspector farfullando de una forma que da a entender que está ligeramente molesto. Es un hecho público y notorio que los asignados a una unidad de comunicaciones de la policía son seleccionados con el mayor esmero para garantizar que suenen como si se hubieran pasado un mes entero viendo torneos de bolos por televisión. Quizá sea el trabajo o el tono metálico que da la propia transmisión, pero la voz del típico operador de policía se queda en un tono que está a medio camino entre el tedio y la muerte lenta. En Baltimore, al menos, el mundo no terminará con una explosión, sino con la voz ausente, monótona y distraída de un funcionario de cuarenta y siete años que le preguntará a una unidad de agentes por el diez-veinte de aquella nube en forma de seta y luego le asignará al incidente un número de denuncia de siete dígitos.
Garvey aprieta de nuevo el micrófono:
–          Sí, estamos en tu distrito y vamos a necesitar uniformes para un documento –dice- y también un agente de la unidad de drogas en Calhoun y, ah, Lexington.
–          Diez-cuatro. ¿Cuándo los necesitas?
Increíble. Garvey suprime el impulso de preguntar si el fin de semana después del Primero de Mayo le va bien a todo el mundo.
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4 pensaments sobre “Homicide: la gènesi de The Wire

    • També entra en els meus plans llegir The Corner, abans però hauré d’enllestir-ne uns quants que tinc pendents. Gràcies per passar-te per l’illa i comentar, faig una ullada al teu blog!

      Salut!

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